LA FORMACIÓN DEL PSICOANALISTA DE FREUD A LACAN

Sigismund Schlomo Freud, un médico neurólogo, tuvo la certeza de la existencia del inconsciente y de sus formaciones (actos fallidos, olvidos, lapsus, síntomas, sueños) durante el autoanálisis sistemático al que se sometió desde la primavera de 1987 hasta mediados de 1899, algunos meses antes de publicar su gran obra: «La interpretación de los sueños» (Die Traumdeutung), que apareció en las librerías en noviembre de ese mismo año.

Dicha experiencia (el autoanálisis) fue, por encima de todo, una experiencia de escritura que ha quedado reflejada tanto en sus textos ―en el párrafo final del Prólogo a la segunda edición de «La interpretación de los sueños», escrito en 1908, reconoce de modo explícito que ese libro «era una parte importante de mi propio análisis»― como en las cartas que le dirigió a su «otro de Berlín», a su «único otro» (el otorrinolaringólogo Wilhem Fliess), a quien comunicaba, por correo postal, de un modo puntual, los hallazgos y los resultados obtenidos en el transcurso de dicha experiencia iniciática.

Ante la imposibilidad de proseguir este autoanálisis y de curarse a sí mismo (aunque se quedó muy aliviado de ciertos síntomas que padecía) porque ―como le escribió a W. Fliess― «el verdadero autoanálisis es realmente imposible, y si no lo fuera ya no habría enfermedad». Sí; Freud quedó lo suficientemente aliviado, y concernido, por dicha experiencia como para dedicar toda su vida a la empresa de investigación, por completo inédita, de ese inconsciente que él había hallado en sí mismo. De padecer la «enfermedad neurótica» Freud pasó a ponerla a trabajar.

Así es que se entregó a la labor de intentar curar a los demás y formar a sus discípulos como psicoanalistas, esa extraña y nueva profesión que él había inventado. En el otoño de 1902 éstos eran cuatro médicos judíos vieneses y con ellos fundó la «Sociedad Psicológica de los Miércoles» que se reunía semanalmente, a las 9 de la noche, en torno suyo en su consultorio vienés de la Berggasse nº 19. El número de asistentes fue aumentando con el tiempo y cinco años después, en 1907, nació la «Sociedad Psicoanalítica de Viena».

En 1910 Freud fundó, junto con sus alumnos, varios de ellos extranjeros ―que habían ido acercándose a él merced a la lectura de sus textos, que contenían novedosas teorías― la «Asociación Psicoanalítica Internacional» (API en sus siglas en castellano) para que el psicoanálisis saliese de su reducto de Viena y de los médicos judíos, y también como una defensa ante lo que llamó el psicoanálisis «silvestre». «Esta técnica no se puede aprender en los libros ―escribe Freud en su texto de 1910 «El psicoanálisis silvestre»―. Ha de aprenderse, como tantas otras técnicas médicas, bajo la guía de aquellos que ya la dominan [...] Ante los peligros que puede traer consigo, tanto para nuestra causa como para los enfermos, el ejercicio del psicoanálisis “silvestre” no nos queda otro camino. En la primavera de 1910 hemos fundado la Asociación Psicoanalítica Internacional que hace publicar los nombres de sus miembros con objeto de poder rechazar toda la responsabilidad derivada de la actuación de aquellos que no pertenecen a nuestro grupo y dan, sin embargo, a sus procedimientos médicos el nombre de psicoanálisis».

Hasta 1918, tras la Primera Gran Guerra, en el seno de la API nadie había planteado de modo público (aunque sí en privado, pues había algunas conversaciones) que una de las condiciones que se le debieran exigir a alguien que decidiera ocupar el lugar del psicoanalista era la de haber sido previamente psicoanalizado. Fue Hermann Nunberg quien la planteó de modo explícito en el Congreso celebrado ese mismo año en Budapest. Pero tanto Otto Rank como Sandor Ferenczi se opusieron y, como estos dos tenían por entonces mucho «peso» en la Asociación, la moción no fue aprobada.

No obstante, esta idea se fue extendiendo. En 1920 se creó el Berliner Psychoalytisches Institud (Instituto Psicoanalítico de Berlín) ―por iniciativa de M. Eitingon, K. Abraham y E. Simmel― en el marco del Ploniklink (Policlínico) del mismo nombre. Este Instituto fue un laboratorio en la formación de psicoanalistas, procedentes de los más diversos lugares, y pasó a ser una referencia mundial, mientras se atendía en el Policlínico a todo tipo de pacientes, siendo gratuito para las personas sin recursos. No olvidar que, en su mayoría, los/las psicoanalistas de entonces profesaban una ideología socialdemócrata. En 1923, presidiendo Max Eitingon la comisión de enseñanza de dicho Instituto, se implantó en el reglamento que para merecer el nombre de psicoanalista era necesario someterse a tres prescripciones sistemáticas: psicoanálisis didáctico, enseñanza teórica y análisis de control. Como anécdota, allí se formó el primer psicoanalista español: el neuropsiquiatra bilbaíno Ángel Juan Garma y Zubizarreta, que ejerció poco en Madrid debido a la Guerra Civil, exiliándose a Buenos Aires —era republicano— y como era miembro de la API, fundó allí, en 1942, con otros, la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

Dos años después, en 1925, la API celebró su Congreso bianual en la ciudad alemana de Bad-Homburg en el que fue elegido presidente Max Eitingon. En este Congreso se aprobó, con la anuencia de Freud ―que no ocupaba cargo oficial alguno pero cuya opinión se tenía absolutamente en cuenta―, ese trípode formativo para todos aquellos sujetos que desearan, en adelante, convertirse en psicoanalistas. Para ello la API creó un listado de «psicoanalistas didactas» con quienes, obligatoriamente, los candidatos tenían que analizarse.

Uno de esos psicoanalistas «didactas» en Francia era Jacques Lacan que además de analizar dedicaba su vida a enseñar e intentar que el psicoanálisis fuera algo más que un conjunto obsesivo de normas, reglas y prescripciones que esclerotizaban el espíritu de su fundador, Sigmund Freud, de quien se tomaban sólo las referencias doctrinales que más interesaban (la “psicología del yo” y su teoría del yo autónomo). Ni tan siquiera se leía a Freud en toda la extensión de su obra, sólo referencias pasadas por el molinillo ideológico que venía detentando el poder que le otorgaba la Institución.

Para hacerse una idea de cómo estaban las cosas es aconsejable la lectura del escrito de Lacan: «Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956» que fue publicado dentro de sus «Escritos» diez años después. Allí, además de hacer una crítica mordaz de lo que era considerado el final del análisis (la identificación con el yo del psicoanalista didacta que llevaba, indefectiblemente, a la infatuación), hizo una división burlesca de los diversos grados coexistentes dentro de la API. Los divide en «Suficiencias», «Zapatitos», «Bien-Necesarios» y «Beatitudes». Y termina comparando, metafóricamente, lo que estaba sucediendo en la API con la situación del señor Valdemar —el protagonista del terrorífico cuento de Edgar Allan Poe—, un muerto viviente, hipnotizado in articulo mortis, que no sufre en su cuerpo los efectos de la putrefacción cadavérica durante siete meses y que, además, es capaz de seguir hablando para dar cuenta de su atroz estado.

Apoyándose en que Lacan no seguía la ortodoxia (sesiones de duración predeterminada de 50 minutos, no menos de cuatro sesiones semanales) fue expulsado de la API en 1963 («excomulgado», escribió él, comparándose con Baruch Spinoza). Dijo la misiva que fue remitida: «Todos los miembros, miembros asociados y candidatos de la Sociedad Francesa de Psicoanálisis deberán ser informados de que el Dr. Lacan de aquí en adelante ya no es reconocido como analista didacta. Esta notificación deberá hacerse efectiva el 31 de octubre de 1963 a más tardar».

Jacques Lacan tenía entonces 62 años y una muy intensa y extensa experiencia clínica y docente. Era reconocido por sus alumnos allí donde la Jerarquía de la API pretendía, no ya reprimirle sino borrarlo, expulsarlo de modo radical y absoluto del mapa del psicoanálisis. Es que lo envidiaban y la envidia es una pasión que lleva, directamente, al odio. Pero he aquí que, aunque lo pasó francamente mal ante dicha maniobra, Lacan no se amilanó y por su cuenta fundó («tan solo como siempre lo estuve en mi relación con la causa psicoanalítica») no otra Asociación, no otra Sociedad, sino lo que denominó Escuela ―inspirándose en los maestros clásicos de la filosofía― medio año después, en concreto el 21 de junio de 1964: «La Escuela Freudiana de París» (EFP).

Fundó esta Escuela de Psicoanálisis para poner a trabajar a los psicoanalistas, para que en su seno se interrogasen, para que inventasen. Ésta fue una elección forzada de alguien que se sentía verdaderamente concernido en lo que decía y escribía. De alguien con coraje. Jacques-Alain Miller escribió a la Opinión Pública ilustrada, el 9 de septiembre de 2001, en el veinteavo aniversario de su fallecimiento, que «Las elecciones forzadas, forzadas por lo imposible de soportar, son las únicas que valen, contrariamente a lo que imagina una vana filosofía».

En esta Escuela fue abolida la distinción entre análisis personal (o terapéutico) y el análisis didáctico porque se consideró que el producto de un psicoanálisis llevado hasta su final es un psicoanalista, más allá de lo terapéutica, o no, que haya resultado dicha experiencia para él. Aunque se mantuvo el trípode formativo eitingoniano (análisis personal, estudios teóricos, supervisión de la práctica) en su reglamento, no obligaba a los candidatos a elegir a su analista dentro de una lista de titulares ya establecida de antemano, como era norma en la API. También se establecieron grados (AP, AME, AE) para aclarar las diferentes vinculaciones de los psicoanalistas con la Escuela y de lo que ésta estaba dispuesta a garantizar sobre quienes se acercasen y se formasen en ella.

Uno de sus instrumentos fue ―y sigue siendo― el que se denomina «procedimiento del Pase» propuesto por Lacan en su «Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela». De él se obtiene el testimonio de un sujeto que se presenta voluntariamente creyendo haber finalizado su análisis, un sujeto que, en principio, no tendría por qué dedicarse profesionalmente a ello. El jurado del Pase, que va rotando cada dos años, en nombre de la Escuela, dirá si dicho análisis produjo o no un analista (AE: Analista de Escuela) basándose en la singularidad de dicha experiencia, contra cualquier intento de estandarización.

Como ya he sobrepasado los dichosos 8.000 «caracteres sin espacios» que se me pedían del texto, voy a detenerme aquí, no sin antes proponer que sería bueno para nosotros, los miembros y socios de esta Comunidad de Castilla y León de la ELP, el que podamos escuchar, en vivo y en directo, el testimonio de un/a AE, si es que en estos momentos, o más adelante, alguno de entre ellos/as estaría dispuesto a venir aquí, con nosotros. Creo que nos haría un gran favor, un verdadero regalo.

Ya sé que podemos leer dichos testimonios en textos de papel y en Internet. Pero en ellos falta el cuerpo, falta la enunciación. Su presencia entre nosotros nos serviría para poder no digo respondernos, por estar la cuestión final sobre lo real del «sinthoma», afuera de lo simbólico, sino para proseguir interrogándonos en el espacio del vacío de saber dónde nuestra Escuela se sustenta y se mantiene. Son dos muy simples, sólo a primera vista: ¿Qué es un psicoanalista? ¿Qué es un psicoanálisis?

*** Texto leído durante la reunión mensual de socios y miembros de la ELP-CyL el 17 de abril de 2008 en la Sede de la Escuela.