«LA PEQUEÑA MANO» DE GUSTAVO MARTÍN GARZO

 

INTRODUCCIÓN

 

A Gustavo Martín Garzo le conocí hace ya bastante tiempo y a su esposa, también gran poeta y escritora, la palentina Esperanza Ortega. Asimismo, a su hermano, colega y amigo en mis tiempos de labor asistencial en el Hospital Psiquiátrico de San Juan de Dios (Palencia). Licenciado en Filosofía y Letras en la especialidad de Psicología, prolífico escritor, ensayista y novelista, quien ha ganado muchos premios, que no cito todos para no resultar aburrido, pero sí alguno. El Premio Nacional de Narrativa, en 1984, con su obra El lenguaje de las fuentes; el Premio Nadal de 1999 por Las historias de Marta y Fernando; el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, en el 2000, por sus Tres cuentos de hadas... ¡Vaya si no ha escrito Gustavo desde que publicó su primer libro en 1986: Luz no usada!

Tengo la costumbre, heredada de mi padre —no es debido a los genes sino a mi identificación con él cuando era niño—, de recortar del periódico aquellas noticias o artículos que me resultan interesantes o me sobresaltan en esos momentos, con el ánimo decidido de releerlos más adelante. Luego los guardo, a veces tanto, en lugares tan inverosímiles o insospechados (como temiendo que me los roben), que a la hora de volverlos a leer, termino, finalmente, por no encontrarlos.

Es lo que me sucedió con un artículo de opinión, aparecido en el diario «El País» el día 16 de septiembre de 2007, que llevaba su firma. Se titulaba «Nuestra pequeña mano» y como su lectura me impactó, lo recorté y guardé, pero posteriormente, cuando quise volver a leerlo, no lo hallé por ningún lado a pesar de mi afán. Pero he aquí que —paradojas del destino—, con motivo del número monográfico que nuestra revista «ANÁLISIS. Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León» va a dedicar a este ya ilustre escritor vallisoletano, que tanto ha colaborado con nosotros, el director de la misma me lo ha hecho llegar por Internet.

Mi contribución será, pues, después de volver a la lectura de dicho artículo, la de comentar, de modo breve, algunos de sus fragmentos, ya que pienso que éste es en extremo interesante para quienes nos dedicamos al estudio y al tratamiento de la psique.

"NUESTRA PEQUEÑA MANO"

De entrada, el escritor, que ejerció como psicólogo durante bastante tiempo antes de dedicarse, por completo, a la noble tarea de escribir para los demás, nos plantea una pregunta esencial: «¿Qué hemos hecho de la Psicología? Aquella delicada ciencia que exploraba el alma humana y se preguntaba por el significado de los sueños, hoy día apenas es otra cosa que un conjunto de obviedades y recetarios apresurados. Atrás parece haber quedado la insondable obra de Freud y su pregunta acerca de por qué nos perturban nuestros deseos».

Sí, es cierto; atrás parecen haber quedado —sólo lo parecen, pues «el porvenir es largo» según nos indicó en sus Autobiografías Louis Althusser— los fundamentos teóricos y prácticos de Sigmund Freud acerca del funcionamiento de nuestro aparato psíquico y de su patología, renovados por Jacques Lacan. Éstos son tachados por los/as estultos/as de especulaciones, de imaginaciones emanadas de mentes calenturientas.

¡Simple literatura!, me dijo personalmente un colega psiquiatra cuando se enteró de que me interesaba por el psicoanálisis. Seamos serios —se nos dice—, seamos científicos, acudamos a la madre de la ciencia, o sea, a la Estadística. Ni inconsciente, ni Freud, ni gaitas. ¡Viva Adolphe Quetelet y su «hombre antroprométrico»! ¡Que vivan para toda la eternidad la ‘campana’ de Carl Friedrich Gauss y la ‘campanilla’ de Iván Pávlov!

Escribe el autor más adelante: «La psicología hegemónica actual, en su empeño por alcanzar el estatus de una ciencia empírica (cuando su objeto de estudio, la subjetividad humana, no puede ser más inasible a través de mediciones estadísticas), ha hecho un tristísimo uso de las preguntas: planteando sólo las más previsibles, limitando al máximo las respuestas, eliminando por completo todo género de matices y detalles. Los resultados obtenidos son tan pobres como la herramienta utilizada, pero se vuelven incuestionables tras haber pasado por el filtro de las matemáticas y de la estadística».

Es verdaderamente increíble, si no fuera cierto, que el sujeto encuestado, para ser diagnosticado mediante un manual estadístico (DSM, CIE), sólo tenga que indicar las respuestas ya fijadas de antemano, cerradas a cal y canto a toda muestra de ingenio, de particularidad o de singularidad. En la esfera homogeneizadora del universal «para-todos» no cabe el particular del «uno-por-uno». Eso está terminantemente prohibido. Como ya nos advirtió Jacques Lacan ya hace mucho, el sujeto del lenguaje y de la palabra, el sujeto propiamente humano, está forcluído, anulado y rechazado, en el llamado «discurso científico». No pinta nada en él. No existe.

Éste busca un real objetivo —en el cerebro, en los genes, en los fluidos o donde sea menester siempre que esté dentro del organismo— que dé al fin cuenta del pathos mental, del sufrimiento psíquico que ha acompañado, y acompañará, a la especie humana a lo largo de su corta pero intensa existencia. Pero, como puede observarse, este real se le escapa de entre las manos de continuo, a pesar de la multitud de noticias, la mayoría de ellas inventadas o sesgadas, con las que nos bombardean a diario los propagandistas del actual cientificismo. ¡Llegará el día en el que se pueda cartografiar y medir el alma, el amor, el deseo o las pasiones! Sólo queda tener mucha fe en el progreso científico (ahora que se va diluyendo la fe en Dios él es su seguro sustituto) y sobre todo, tener mucha esperanza, virtud que, según dicen, es lo último que se debe perder.

«Este mismo esquema —prosigue el escritor— se aplica a diario en el terreno de la psicología clínica. Muchas terapias se basan en el aprendizaje de técnicas y ejercicios conducentes al control de los síntomas, renunciando a plantear los interrogantes básicos acerca de su origen o sentido. Y tales métodos se presentan como científicamente probados a través de experimentos empíricos basados, en su inicio, en la comparación de la conducta humana con la que se puede observar en los ratones».

Es decir, que se toma como ejemplo a seguir el comportamiento de un animal (ratas, ratones, monos antropomórficos y todo tipo de bichos) sometido, para goce del experimentador, a diversas pruebas, algunas con su pizca e, incluso, desmesura de sadismo —no me considero «animalista», por ahora, pero creo que las otras especies animales merecen un cierto respeto por parte de la nuestra—. Pues resulta que nuestra especie se distingue de las demás en que su ser es hablante y por eso mismo está enferma de la verdad —y de la mentira—, está enferma del deseo (éste no puede plantearse fuera del lenguaje; sí la necesidad) o de su falta, como es el caso de las depresiones. Está enferma de amor y de odio hacia sí misma. Y lo más gordo: gracias al lenguaje sabemos que nuestra vida es finita, que estamos prometidos a la muerte, que llegará inexorablemente, tarde o temprano. En el ataque de angustia ésta, la muerte, además de la locura, siempre está en el horizonte como una realización posible del ser.

«¿Por qué no escuchar con el compromiso que exige la verdadera escucha, sus sueños, temores y esperanzas: adentrarse en el terreno de lo no vivido? —se pregunta Gustavo Martín Garzo— Es más sencillo y eficaz hacer un vacío en el pensamiento, desconfiar del poder de la palabra. Las terapias, lejos de tratar de conducir a las personas a la máxima realización de sus posibilidades, se convierten en la negación de lo específicamente humano: renuncia al vuelo del pensamiento y a la radical función del lenguaje».

Está claro: si el modelo teórico y práctico que inspiran al psicoterapeuta tienen como objetivo el asesinato del síntoma, sea como sea y a costa de lo que sea, éste —el síntoma— quedará mudo, sin conversación posible. Y, en la mayoría de los casos, sin la interlocución con un Otro simbólico, el síntoma reaparecerá aún de modo más mortificante y cruel para el sujeto. Para hacer un juego de palabras: se lo expulsa por la puerta y éste aparece por la ventana. Cuidemos, pues, el síntoma y sigamos dialogando con él porque no hay sujeto sin síntoma. No hay sujeto que no padezca de algún modo del placer y del dolor que procura la existencia.

Una última cita, que tengo órdenes estrictas de no sobrepasar los cuatro folios: «La psicología, en su progresivo empobrecimiento, desea convencernos de que no merece la pena adentrarse en los oscuros caminos del pensamiento, la imaginación y la memoria».

Pues sí señor, D. Gustavo Martín Garzo: es la psicología que se enseña actualmente a los/as estudiantes de la misma en las universidades. Una psicología insulsa, coñazo hasta la desesperación, carente de la mínima pasión, plana, abotagada de cifras, escalas, modas y medias. Una psicología que no tiene en cuenta la subjetividad humana, ¿se puede llamar psicología? —pregunto.

Para finalizar, quisiera pedirle a nuestro homenajeado, que en estos momentos de tribulaciones en los que desfallece el poder de la imaginación y de los ideales —ya sólo se habla del fútbol y de la «prima de riesgo»—, él prosiga escribiendo, como hasta ahora, con su pequeña pero muy enérgica mano. Porque su escritura alimenta nuestro espíritu y nos adentra y conduce con su personal delicadeza, por caminos inexplorados.

Creo con firmeza que su labor nos será, en adelante, más necesaria que nunca.

*** Texto publicado en «ANÁLISIS. Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León», número 24. Junio de 2012.