SOBRE FENÓMENOS DE AMOR Y ODIO EN PSICOANÁLISIS

Queridos/as socios y miembros de la ELP-CyL, os voy a leer en esta «Noche de Escuela» un texto que he escrito acerca de la conferencia titulada «Sobre fenómenos de amor y odio en Psicoanálisis», una de las treinta y dos que contiene el libro de Jacques-Alain Miller dictadas en España: Introducción a la Clínica Lacaniana.

Como de costumbre, no me limitaré a ser un “lorito amanuense” (me es imposible, ya lo sabéis) de dicha conferencia, sino que realizaré algunas reflexiones y aportaciones propias derivadas de otras lecturas, aunque me basaré, fundamentalmente, en ésta. Procuraré ser lo más breve posible, ya que lo interesante, creo, es nuestra conversación posterior.

El psicoanalista es un ESPECTADOR porque en la relación analítica es el/la paciente quien ocupa la escena ya que el análisis ofrece un teatro y este hecho por sí solo, tiene ya un efecto apaciguador sobre la neurosis histérica. Recordemos en este punto a la famosa paciente de Josef Breuer, «Anna O.» (es decir, Bertha Pappenheim) cuyo tratamiento hipnótico-catártico duró entre julio de 1880 y junio de 1882 y que, posteriormente, expuso su caso clínico en el libro Estudios sobre la histeria, escrito conjuntamente con su entonces amigo Sigmund Freud. «Anna O.» llamó a este procedimiento talking cure (cura por el habla, por la palabra), chimney sweeping (limpieza de la chimenea), y también: “Mi teatro privado”.

Advierte J.-A. Miller en su conferencia que este teatro que el análisis ofreció a la histeria ha tenido unos efectos socialmente apaciguadores sobre sus manifestaciones. Pero, asimismo, también el psicoanalista es la ESCENA misma (el lugar del Otro) ofrecida al sujeto de la experiencia; es una escena en la que se escucha, de modo general, un monólogo.

Pero, además de lo anterior, el psicoanalista no es sólo el espectador y la escena misma, sino que es, además, ACTOR/A en cuanto que interviene en esa escena mediante la interpretación, que apunta a dar un sentido diferente a lo que se dice en ella —la «Otra escena» la llamó Freud.

También el/la psicoanalizante es el actor y el espectador, a la vez, pues se encuentra en el mismo lado que el analista para ver lo que se produce en la escena analítica. En bastantes ocasiones puede presentarse tratando de engañar mediante una imagen de sí mismo que es falsa, engañosa, más bonita y agradable que lo que es en la realidad, así es que esto no es más que una añagaza, una farsa para decirlo con exactitud. Pero el monólogo analítico acaba destruyendo esa comedia, de modo que el/la paciente que se compromete en ella termina poniendo sobre el tapete, en la experiencia analítica, lo más serio que tiene: sus intereses vitales, su historia personal y la de sus ancestros, sus amores y odios, sus filias y fobias, sus pasiones, frustraciones y sufrimientos. Comenta en esta conferencia J.-A. Miller que el sujeto, especialmente el histérico, puede hasta experimentar un cierto sufrimiento por no obtener en su relato el grado de autenticidad que desearía.  

El deber del psicoanalista es el de ser un operador lógico, un operador neutral que escucha la queja derivada de la falta en ser y el dolor de existir del sujeto. Es un deber que le aproxima a la posición de el/la prostituto/a y esta posición comporta, por consiguiente, un cierto efecto de degradación para el propio psicoanalista, por lo que debe estar preparado para ello. Esta preparación se obtiene a través de la propia experiencia, en las propias carnes, como analizante, como paciente, que no en los libros.

El psicoanálisis, a través de la experiencia de la transferencia —la cual no es distinguible del amor tal y como nos indicó Lacan en su Seminario del curso 72-73 (Aún)— ha producido dos grandes descubrimientos sobre el amor que no tienen nada de elevados: su carácter automático y su carácter disimétrico.

En cuanto al primero, desde siempre el amor había sido pensado como una contingencia, como dependiente de un encuentro del azar, como algo imprevisible. Es lo que Aristóteles llamó Tyché. Sin embargo, el análisis ha demostrado algo muy distinto, es decir, su contingencia (Automaton aristotélico). Lo ha hecho ubicando en el sujeto lo que Freud llamó Liebe, es decir, la condición subjetiva de amor y/o de deseo. La investigación analítica ha demostrado la existencia de una fórmula de enamoramiento de cada cual, una fórmula cuasi matemática. Pongo como ejemplo para ello a Freud y sus Ensayos sobre la vida sexual y teoría de las neurosis, que son exactamente tres. En el de 1910 («Sobre un tipo especial de la elección de objeto en el hombre»), alude al «perjuicio del tercero», en el que un hombre no puede desear a una mujer si no es la mujer de otro hombre, si es una mujer “libre”, por así decirlo. También encuentra Freud una eventual antinomia entre la condición de amor y la condición de deseo en el de 1912 («Sobre una degradación general de la vida erótica»). Viene a decir, en pocas palabras, sobre todo refiriéndose a la sexualidad masculina, que “a quien amo no deseo; deseo a quien no amo” —de ahí la proliferación de los llamados vulgarmente “puteros”, que aman a sus esposas pero que no las desean sexualmente.   

El psicoanálisis demuestra que un objeto (en contraposición al sujeto) para ser amado, debe ser equivalente —ya sea imaginaria (semejanza visible) o simbólicamente (rasgos significantes)— a un objeto fundamental. Freud distinguió dos tipos de objetos fundamentales: el sujeto mismo (llamado por él “autoerotismo”) y un personaje de la familia, en general más potente que el sujeto mismo. El amor, pues, repite el objeto fundamental, es metonímico y repetitivo. Está marcado por una inercia esencial, se trata siempre de lo mismo; aunque pueda parecer cambiante, se mantiene siempre en la misma dirección.

El segundo descubrimiento del psicoanálisis sobre este asunto es la implicación de la “castración” (simbólica, por supuesto) en el amor. Esto a condición de desimetrizar la relación amorosa, cosa que ya hizo Platón (puesto que su maestro, el sabio Sócrates, no escribió nada, sólo habló, dialectizó) en su obra «El Banquete» (“Symposium sobre el Amor”) que Lacan retomó en su Seminario La transferencia, impartido durante el curso 60-61 y que ya hemos estudiado en el Instituto del Campo Freudiano de Castilla y León. En dicho Seminario demostró que aunque se suele presentar una relación simétrica como el colmo del amor, esa supuesta simetría sólo sería el resultado final de un mecanismo muy complejo.

Hemos de distinguir, siguiendo a Sócrates y Platón, entre el que ama, el amante (Erastés) y el que es amado (Erómenos), aunque el amado pueda encontrarse también como amante. Si se hace esta distinción en vez de pensar el amor en términos de simetría, se deduce que al que ama le falta algo y que al amado no le falta de nada pues ya tiene. Aunque lo que nos agrada es pensar el amor en términos del ser, la cuestión es tener o no tener, así de crudo. Quizás os inquieten estas palabras. Lo siento, pero es la verdad. Inquietaos, pues, que no os vendrá nada mal. Quienes nunca se inquietan son los muertos, aunque, frecuentemente, éstos inquietan a los vivos, hasta en sus sueños, que he escuchado cantidad de ellos.

Os recuerdo que Freud en su gran e insuperable texto Psicología de las masas y análisis del yo (1921) hizo del amor un fenómeno de poder: el poder que el amado (el que supuestamente tiene) ejerce sobre el amante (el que supuestamente no tiene). Está en el capítulo VIII («Enamoramiento e hipnosis»). Así que el amor es un fenómeno de amo (sin “r”). Entonces, uno ama en cuanto el otro tiene. Pero la cuestión se complica cuando amar significa querer ser amado ya que entonces el desear ser amado es querer que el otro experimente su propia falta, su “castración” como decimos en psicoanálisis.

De este modo podemos entender por qué el odio está tan próximo al amor —ya hubo autores que dijeron, y no precisamente psicoanalíticos, que ambos son como las dos caras de la diosa Juno romana o Hera griega— ya que desemboca en él en tanto que querer ser amado es querer “castrar” al otro, es querer hacer surgir en él su falta. Amar es odiar en el otro aquello que lo hace autosuficiente. Esto es muy manifiesto en la clínica de la neurosis histérica. En la clínica de la neurosis obsesiva, sin embargo, observamos que el sujeto soporta mal el poder que el amado ejerce sobre él; puede experimentar odio como respuesta al otro que le ama, ya que recibe ese amor como animado secretamente por la voluntad de castrarlo. Freud dio a este sentimiento de amor y odio simultáneos el nombre de «ambivalencia afectiva». Lacan acuñó el neologismo «odioamoramiento» (amor y odio en la misma palabra).

Dice en esta conferencia Jacques-Alain Miller que —de modo casi general, siempre hay excepciones— hay un odio varonil hacia las mujeres en tanto que éstas desean hacer surgir la falta en el hombre, y un odio femenino hacia los hombres, en tanto éstos no se dejan, ni por asomo, surgir la falta en ellos. Por estas razones, en muchas culturas, durante mucho tiempo, ha parecido poco viril el estar enamorado ya que estarlo era aceptar no tener, es decir, que el enamoramiento tenía algo que ver con una cierta posición femenina. ¡Ay, la imaginación llamada masculina! ¡Cuántos fantasmas mentecatos posee!

En la experiencia analítica el analista tiene el supuesto poder —“Sujeto supuesto Saber” (S.s.S) lo llamó Lacan— mientras que el/la paciente se experimenta como no teniendo. Sin embargo, la posición del analista tiene que ver no con la posición varonil sino con la posición femenina en tanto, mediante la operación analítica, logra producir algo (una causa del deseo) con nada (pues sólo tiene un semblante, pero firme, de saber). Al final del análisis es posible cambiar la condición de amor; entre los efectos conocidos de la experiencia analítica, muy alabada por ciertos autores algo ignorantes, añado, está en el cambio de partenaire. En mi modesta opinión, ésta es, en bastantes ocasiones, una solución fallida ya que cambiar de pareja es mucho más fácil que cambiar en el modo de gozar. Ya sabemos que cuando una pareja sentimental se separa, se suele buscar (a veces, por desgracia) un partenaire muy parecido y hasta una fotocopia (en ocasiones ampliada) del anterior. Otra cuestión es que la relación sea estragante y, en este caso, lo mejor es separarse de ella, sin ninguna duda.

¿Cómo se transforman las tres pasiones fundamentales del ser humano, citadas por Jacques Lacan en varias ocasiones (el amor, el odio y la ignorancia) al final del análisis? A lo largo del psicoanálisis, cada sujeto formula su condición de amor y logra ubicarla en referencia a su familia o, si es un poco más sutil e inteligente, a cuestiones que tienen que ver muy directamente con su propio fantasma fundamental. Quizás al final del análisis, una vez separado de su condición particular de amor, el sujeto puede consentir en ampliar esa estrecha condición de amor (pues tiene una posibilidad de invención en este campo que no tenía antes) y esté preparado para trabajar por la Causa Analítica mediante lo que se ha venido en llamar «transferencia de trabajo», que es lo que estamos haciendo hoy aquí. Según dice J.-A. Miller, al final del análisis podría decirse: «No más amor que sea repetición o pasión, sino un amor que sea una voluntad».

Vamos con el odio, que quiero recordaros que Sigmund Freud, repitiendo a uno de sus compañeros de la «Sociedad Psicológica de los Miércoles» (Wilhem Stekel) dijo aquello de que «al principio fue el odio». Luego Melanie Klein lo corroboró estudiando la psique de niños y niñas muy pequeños.

En cuanto al odio, opina Miller que éste no desaparece con el análisis porque si lo real merece un afecto es más el odio que el amor (repite lo anteriormente reseñado). Nos recuerda que la misma historia del Movimiento Psicoanalítico demuestra que los psicoanalistas siempre han demostrado una capacidad de odio muy superior a la capacidad de amor. Los psicoanalistas y todos, añado yo por mi cuenta y riesgo. No obstante, al final del análisis podría decirse: «No más odio sino lucha».

Lo que sí que se modifica de modo muy notable, lo que se subvierte, es la pasión por la ignorancia (que es lo que Freud llamó “la represión”). Al final del análisis, una vez que la represión está vencida, la pasión de la ignorancia se transforma en un deseo decidido de saber (epistemofilia). Hay, pues, una transformación de la pasión que se sufre, que se padece, en una iniciativa, en un deseo decidido, es decir, en una voluntad.

Venga, vamos a platicar. Que nos quedan tres cuartos de hora para ello. Vosotros/as tomáis la palabra, que yo ya estoy exhausto.

***Texto leído en el espacio de la ELP-CyL «Noches de Escuela» el 5 de mayo de 2015.